‘Alien: Covenant’ | ¿Sueñan los androides con xenomorfos?

Habiendo sido su figura objeto de estudios psicoanalistas por el simbolismo fálico (la cabeza del xenomorfo) y el trasfondo que gira en torno a la maternidad (de la representación de una madre arcaica y terrible en forma de monstruo real, a Madre, el nombre de la computadora de la Nostromo), el primer ‘Alien, el octavo pasajero’ (‘Alien’, Ridley Scott, 1979) sentó cátedra en cuanto al cine de ciencia ficción se refiere.

Dan O’Bannon en el guion, H.R. Giger y Moebius en el departamento de arte, Jerry Goldsmith en la composición de la partitura musical, y el acierto de un casting que decidió cambiar al teniente Ripley por “la” teniente Ripley a última instancia, convirtiendo a Sigourney Weaver en una heroína cuyo rol ha servido como arquetipo ejemplar para el cine que llegó a posteriori.

Todos estos elementos, son los que dan fuerza a una de las teorías (si es que se le puede llamar así) que giran alrededor de la suerte que Ridley Scott podría haber corrido en los albores de su carrera. Tal y como sucedería pocos años después con ‘Blade Runner’ (ambos títulos, obras maestras en su género y en general), el resultado final de ‘Alien, el octavo pasajero’ fue algo que le debemos al vínculo creado a partir de la unión de una serie de mentes privilegiadas que, trabajando en equipo dieron como resultado algo tan grande.

Como muestra, tan solo hace falta echar un vistazo a la carrera de Ridley Scott de los últimos años, la cual no ha conseguido nunca alcanzar el nivel de sus dos primeros títulos de ciencia ficción. Corría el año 2012 cuando se estrenaba ‘Prometheus’, esperado regreso al universo de ‘Alien’ en forma de precuela, cuya dirección corría de la mano del propio Scott. Tras tres secuelas y dos crossovers con Predator, uno de los principales artífices del título original volvía a su saga. El resultado, pese a no ser del todo desastroso, venía plagado de artificios filosóficos en torno al origen de la humanidad, donde aquello que todo el mundo esperaba, conocer el origen de la criatura que aterrorizó a varias generaciones, quedaba relegado a un segundo plano.

Sin O’Bannon ni Giger ni Moebius, la vuelta de Ridley Scott a la franquicia que él inició, consiguió más detractores que defensores y tras haberse cancelado todo tipo de posibilidades de hacer un ‘Prometheus 2’, el propio realizador llegó a admitir que se equivocó con el planteamiento del film y que estaba dispuesto a redimirse con una nueva precuela, la cual sí llevaría por título ‘Alien’. Fue entonces cuando muchos (quien esto escribe, entre ellos) se dejaron llevar por las expectativas y esperaron un nuevo regreso más que digno a los orígenes, un título de terror en el espacio sin concesiones.

Y aquí es donde radica el principal fallo de ‘Alien: Covenant’, en las expectativas, algo que no deberíamos echar en cara a Ridley Scott, trilero cinematográfico que nos ha vendido un ‘Prometheus 2’ como una nueva película de ‘Alien’, en la que todas las reflexiones cósmico-creacionistas son puestas sobre la mesa de nuevo en una parte del film que vuelve a dividir opiniones. Sin embargo, y teniendo en cuenta que para juzgar una película no deberíamos tener presentes las expectativas personales, hay que agradecer que, en cierta manera, Scott se haya atrevido a abrazar la serie B para darnos la mejor secuela de la saga desde ‘Alienᶟ’ (David Fincher, 1992), en la que no se ha escatimado en sangre aun siendo un producto puramente mainstream.

Además, cabe decir que se percibe cierta oscuridad en su tono que no acaba de estallar del todo, pese a que contenga algunas escenas que pueden traernos a la memoria a clásicos de la ciencia ficción, como ‘Terror en el espacio (‘Terrore nello spazio’, Mario Bava, 1965) o ‘La galaxia del terror’ (‘Galaxy of terror’, Bruce D. Clark, 1981).

El resultado final, algo desangelado y que deja la puerta abierta a una nueva entrega que adquirirá (seguramente) una entidad cósmica que seguirá la tónica del título presente, contiene, además del pertinente discurso filosófico, una relectura de las leyes de la robótica de Asimov que recae sobre un Michael Fassbender por partida doble. Eso, es lo que abre un nuevo camino en una saga que ha empezado a tomar unos derroteros que ya la han alejado del todo de sus orígenes, pese a que Scott se empecine en decir que sí lo ha hecho.

Lo mejor: Cuando se pone seria en cuanto a la representación de lo grotesco, convirtiéndose en un espectáculo de serie B.

Lo peor: Aparte del abuso de CGI ganando terreno a los efectos artesanales, se toma demasiado tiempo en hacer hincapié de nuevo en el discurso teológico de la creación, algo que ya vimos en ‘Prometheus’. Además, lo de Katherine Waterstone en clave Ripley nos demuestra que, una vez más, Scott se quedó sin ideas nuevas hace mucho tiempo.

 

Javier Parra

Aterrorizate

Cine de género para degenerados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *