Sitges 2017: Crítica de ‘A Ghost Story’

Quién nos iba a decir que una película en la que los fantasmas llevan sábana (con florecillas en algunos casos) se convertiría en una de nuestras preferidas de la 50º edición del Festival de Sitges. Y es que ‘A Ghost Story’ es capaz de tocarte el alma, incluso cuando crees que no tienes de eso.

El miedo a olvidar y a ser olvidado son los mayores temores a los que nos enfrentamos, o eso parece ser desde el punto de vista de un fantasma que ve cómo la vida sigue a su alrededor. Como no puede habitar el presente se ve incapaz de seguir haciendo que los demás le recuerden, pero también se hace cada vez más difícil el mantener las conexiones con los que antes compartía la vida, cuando ellos siguen hacia delante y tú eres incapaz de avanzar. En una película en la que los diálogos brillan por su escasez, somos capaces de entender a la perfección y de empatizar con un fantasma cuyos sentimientos parecen estar más vivos que nunca, al ver como todo lo que atesoraba en vida, se va perdiendo ahora que no está. La resistencia a este proceso de olvido se vuelve dolorosa y la frustración transciende la pantalla en esta ópera prima bellísima de David Lowery.

Aunque en algunos momentos, muchos espectadores puedan acusar a la cinta de lenta (no todos los días nos enfrentamos a planos fijos de varios minutos), el montaje consigue crear una sensación de que el tiempo se diluye o directamente no existe. No somos testigos de un presente, sino de un tiempo en el que nuestro fantasma se vacía de su yo. Sea como sea, ‘A Ghost Story’ tiene la capacidad de conseguir que empaticemos con el deseo existencial de nuestro fantasma y con la frustración de saber que todo lo que queremos es perecedero.

Lo mejor: su narrativa tan intensa y bella que consigue que nos duela.

Lo peor: algunos la tacharán de película lenta.

Aterrorizate

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