‘Star Wars: Los últimos Jedi’ | Volvemos a la Guerra

‘Star Wars: Los últimos Jedi’ (2017, Rian Johnson)

Con el tiempo, he terminado aceptado a El despertar de la fuerza (2015) como un correcto inicio de una nueva trilogía. Sigo sin pensar que Rogue One (2016) sea una buena película de la franquicia Star Wars. Pero Rian Johnson (Looper, 2012), con Los últimos Jedi (2017) ha puesto un punto y aparte. Ha revitalizado la chispa de la saga y ha cambiado las reglas del juego. Se acabaron las tramas previsibles, se acabaron los remakes exagerados y se acabaron los villanos que no daban la talla. Episodio VIII no es la mejor cinta de Star Wars, pero sí una de las mejores. Johnson ha sido, junto con George Lucas, el que ha tenido la potestad de hacer el guion y a la vez dirigir un capítulo de la franquicia. Y se nota. Se nota que Johnson ha podido hacer exactamente lo que le  ha dado la gana. Ha realizado plot twist abismales que rompen del todo cualquier tipo de enlace con El despertar de la fuerza o con cualquier otro episodio de Star Wars. Lo que convierte a Los últimos Jedi en algo único, independiente de las demás entregas hasta ahora. Ligado a ellas por historia, pero con detalles que hacen que se aleje de ellas. A pesar de que partimos de la base de que todas los films de la saga reciclan escenas las unas de las otras para construir sus propias historias. Eso es algo inevitable.

La carta de la originalidad ya la lanzó George Lucas en 1977 con La guerra de las galaxias y con las dos siguientes secuelas: El imperio contraataca (1980) y El retorno del Jedi (1983). De modo que, siendo este su octavo episodio, no esperéis que sea lo más original que hayáis visto jamás, porque no será así. Sí que es, por el contrario, lo más radical que Star Wars ha planteado en cuanto a giros inesperados de la trama, evolución de personajes y momentos dramáticos. Estos últimos, aún sin ser gran amante del drama, no sobran en ningún instante. Gracias, quizás, a la brillante actuación que Mark Hamill desarrolla como Luke Skywalker. Un Luke que ha cambiado y, con él, la esencia de la saga. También puede ser por la espectacular interpretación que Adam Driver brinda. Sea en el tipo de cine que sea, Driver lo borda siempre que tiene oportunidad. Retomando su papel como Kylo Renn, parece que sea un personaje totalmente distinto a aquel que conocimos en el episodio VII. Su personalidad tiene mucha miga, y hay mucho que estudiar y explorar en ella. Pero no se muestra todo lo que su interior guarda. Lo que convierte al personaje en algo impredecible. En sí, el elenco entero y sus personales, Daisy Ridley, John Boyega y Oscar Isaac han sufrido grandes transformaciones. Quizás el único que mantenga un poco su rumbo es John Boyega con su Finn. Aunque también dispone de sus pequeños grandes instantes en pantalla para justificar que es uno de los tres personajes principales de la nueva trilogía. Pero Daisy Ridley y su Rey sigue siendo la que corta el bacalao y dirige la orquestra. Y si eso le añadimos que en episodio VIII, el ya nombrado Luke Skywalker se une a la fiesta Jedi, el espectáculo y el disfrute están asegurados. Sin olvidar, por supuesto, a la ya fallecida Carrie Fisher. Que, junto con Mark Hamill, obtiene el nivel de importancia que no tuvo en episodio VII. Y la vemos como nunca antes se la había visto.

Ciertamente, es justo en este ámbito, el de los personajes, donde reside la fuerza de episodio VIII. En la construcción y evolución de estos. Todos ellos cambian, ya sea a mejor o a peor, pero cambian. Deja de a un lado las batallas, que las hay porque estamos en Star Wars y si no, no sería ni por asomo lo mismo, y focaliza más su mirada hacia los protagonistas y los secundarios que deben ayudar a esos principales a encontrarse a sí mismos. Se echa de menos, sin embargo, a Han Solo en el Halcón Milenario. A pesar de que Johnson ha demostrado que ningún personaje es imprescindible. Que las cosas pueden seguir delante de igual modo, o incluso mejor, que si una leyenda de la saga no aparece.

Es por ello por lo que no se corta un pelo en poner en un puño el corazón de los espectadores más avezados en la saga. Probablemente porque él lo es y sabe cómo llegar a los sentimientos de su público. Y es por eso mismo, Los últimos Jedi representa la cara opuesta de la moneda que hasta ahora se había mostrado. Puede que La venganza de los Sith (2005) sea el que más se le asemeje en cuestión de dramatismo o cambios radicales. Pero solo en forma, puesto que en esencia, episodio VIII está cargado de una nostalgia maligna que juega en contra del espectador.

Mantiene un poco de humor en sus escenas, pero ni por asomo llega a acercarse a la comedia que supuso El despertar de la fuerza. Aquí, el humor se emplea como diminutos descansos a esas dosis altas de dramas que Johnson emplea. Y, por supuesto, lo combina con las maravillosas escenas de acción, con una de las mejores escenas de combate de sables láser de Star Wars, bañadas por una fotografía fantástica –el uso de la paleta de colores y la iluminación de Steve Yedlin no tiene parangón- y por la banda sonora de John Williams, que es suficiente para ensalzar cualquier secuencia a algo memorable. Aunque eso lleva siendo así desde los inicios de la saga en el cine.

Star Wars: Los últimos Jedi tiene sus cosas; sus fallos, sus contradicciones o sus momentos de absoluta locura. Pero significa demasiado para la saga. Con el permiso de la princesa Leia, es, desde luego, el episodio que ha devuelto la esperanza. Si Rian Johson tiene que ser el encargado de una nueva trilogía y tiene pensado seguir a este ritmo o hacer el mismo tratamiento con todas, puede regalarnos algo muy grande. Los últimos Jedi son doras horas y media de puro Star Wars, de pura intensidad y de pura ciencia-ficción. No es superior a El imperio contraataca, la gran querida por el público y la crítica, pero sí que llega al nivel de la trilogía original sin despeinarse.

 

Xavi Mogrovejo

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