‘Winchester’, la casa de las mil habitaciones

‘Winchester’ (2018, Michael Spierig, Peter Spierig)

Si alguien me hubiera dicho que Winchester forma parte del universo cinematográfico de James Wan –Expediente Warren, Insidious-, me lo habría creído. Los hermanos Spierig, que recientemente intentaron resucitar a la saga de Saw –otro producto marca Wan- con su octava entrega, Jigsaw, dejan de lado el gore y el torture porn para adentrarse en el terror gótico. Partiendo de una estética similar a la de Los otros (2001, Alejandro Amenábar), Winchester utiliza la creación de uno de los rifles más famosos de Estados Unidos durante principios del siglo XX, como punto de partida, para dar forma a la típica historia de casa encantada habitada por todo tipo de aterradores fantasmas.

Con un subtexto clarísimo sobre el peligro de las armas de fuego y la carga que deberían sufrir los inventores de las mismas por ser, indirectamente, los responsables de los asesinatos cometidos por ellas, los Spierig lapidan cualquier tipo de mensaje con su persistencia en el uso de los jumpscares para fomentar el miedo a través de ellos. Es evidente que forman parte del cine de terror y, del género, en general. Siempre han estado presentes. Pero hay límites que no hay que traspasar, puesto que algunos de ellos llegan a conseguir el efecto contrario y situarse más en la comedia que en el horror.

Winchester, aún siendo una mansión inmensa llena de oscuridad, da la sensación de que es un lugar que ya hemos visitado con anterioridad. No se le saca todo el partido que se le podría sacar por la necesidad que parecen tener los directores de querer moverse por espacios cerrados constantemente. Y eso se contrapone con los planos aéreos con los que se deja ver la increíble mansión de la señora Winchester, a la que encarna Helen Mirren, aunque bien podría haber sido un papel para Lin Shaye y, así, terminar de incorporar el film en el universo de Wan al acompañar a Angus Sampson, uno de los ayudantes de Shaye en Insidious que, en Winchester, también hace acto de presencia como una especie de guardaespaldas de Mirren.

Empero, cierto es, que Mirren solo hace que se nos plantee la presencia de Shaye como un mero guiño, porque a nivel interpretativo no hay nada que reprocharle. Al que sí que hubiera sido mejor cambiar es su compañero coprotagonista, Jason Clarke, que no parece estar demasiado cómodo en su personaje de psicólogo adicto a los medicamentos con más traumas que cualquiera de sus pacientes. Pero, grosso modo, con sus más y sus menos, tampoco es que el reparto sea uno de los grandes pesares de Winchester, pero tampoco uno de sus puntos más fuertes.

Los hermanos Spierig han dejado ver aquí que su dominio por la estética gótica es envidiable. Un film que, en cuanto a atmosfera, no tiene nada que envidiar a los largometrajes de la Hammer. Sin embargo, no han logrado dejar un sello propio en el film, más bien parece un quiero y no puedo en sus constantes intentos por asemejarse a la Expediente Warren de Wan –con claras pretensiones de querer que la casa sea un personaje más de la historia- y a sus carismáticos personajes –que sí saben encajar correctamente la comedia con el terror-. Una avalancha de jumpscares que entierran un subtexto interesante con una fotografía cuidada al detalle. Un hecho que empieza a preocuparme, puesto que muchos films de terror actuales cuidan mucho su forma, pero olvidan por completo su contenido. Y con tan solo poner, “basada en hechos reales”, al inicio de la cinta, no es suficiente para crear una historia de horror funcional y que no sea fácilmente olvidable.

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